RSS indiana

La era del diamante

De Indianopedia

La era del diamante: Manual ilustrado para jovencitas es un libro de Neal Stephenson publicado originalmente en 1995. En él se utiliza por primera vez el término filé (phyle) para referirse a las organizaciones neovenecianas.

El mundo de la era del diamante

Aunque de fondo se presupone la supervivencia de algunos estados nacionales, la República Costera cercana a Shanhai sólo administra las zonas comunes de un espacio fundamentalmente neoveneciano repartido entre los territorios de las distintas filé.

La mayor parte de ellas (filé naturales) son redes sociocomerciales resultado de la evolución de grupos étnicos, religiosos y políticos (desde las redes punjabíes a Sendero Luminoso), sin embargo las más potentes son las filés sintéticas, como la de los neovictorianos protagonistas del relato.

Neovictorianos

Los neovictorianos obtienen sus ingresos de empresas relacionadas con la nanotecnología. Los méritos al servicio de la filé son recompensados con acciones del consorcio neovictoriano. Cada nivel de acciones, en función de la renta esperada que generan, se equipara a un viejo título nobiliario (barón, conde, duque...), de modo que en el rígido formalismo neovictoriano, el trato y posición social se ligan estrechamente a los servicios reconocidos por la comunidad. En la cima de la escala social, la reina fundadora.

Los neovictorianos surgieron originalmente en EEUU entre hijos de padres de ideología postmoderna universitaria (al estilo de la de la progresía de la ivy league de hoy), como reacción frente al relativismo moral y sus trampas. El motor de la trama es sin embargo el miedo de uno de los fundadores a que su nieta -y su generación- absorban rutinaria y mecanicamente los valores generadores de la filé y el grupo simplemente decaiga intergeneracionalmente.

Citas

—Es rápido, Hackworth, y sospecho que también es capaz de ser retorcido si no fuese por su carácter moral inquebrantable —dijo Finkle-McGraw, no sin cierta socarronería—. Dígame, ¿sus padres eran súbditos, o ha prestado el Juramento?
—Tan pronto como cumplí los veintiuno, señor. Su Majestad, en aquella época todavía era Su Alteza Real, realizaba un viaje por Norteamérica, antes de asistir a Stanford, y presté el Juramento en la Trinity Church de Boston.
—¿Por qué? Es un tipo inteligente y no está ciego a la cultura como muchos ingenieros. Podía haberse unido a la Primera República Distribuida o a cualquiera de las cientos de phyles sintéticas de la Costa Oeste. Hubiese tenido un futuro decente y se hubiese librado de todo esto —Finkle-McGraw señaló con el bastón a las dos naves aéreas— disciplina conductista que nos imponemos a nosotros mismos. ¿Por qué se la impuso a usted mismo, señor Hackworth?
—Sin derivar a cuestiones que son estrictamente personales —dijo Hackworth cuidadosamente—, conocí dos tipos de disciplina cuando era niño: ninguna en absoluto y demasiada. La primera conduce a comportamientos degenerados. Cuando hablo de degeneración, no estoy siendo mojigato, señor... Aludo a cosas que me eran muy conocidas, y que hicieron mi infancia algo menos que idílica.
Finkle-McGraw, quizá comprendiendo que se había excedido, asintió con vigor.
—Ése es un argumento familiar, por supuesto.
—Por supuesto, señor. No tendría la presunción de dar a entender que fui el único joven maltratado por lo que quedó de su cultura nativa.
—Y no veo esa implicación. Pero muchos de los que pensaban como usted se las arreglaron para entrar en phyles donde prevalece un régimen mucho más cruel y que nos consideran a nosotros degenerados.
—Mi vida no careció de periodos de disciplina irracional y excesiva, normalmente impuesta de forma caprichosa por los responsables en primer lugar de la laxitud. Eso combinado con mis estudios históricos me llevó, como a muchos otros, a la conclusión de que había poco en el siglo anterior digno de imitarse, y que debíamos mirar en el siglo diecinueve en busca de modelos sociales estables.
—¡Bien hecho, Hackworth! Pero debe saber que el modelo al que alude no sobrevivió por mucho a la primera reina Victoria.
—Hemos superado mucha de la ignorancia y resuelto muchas de las contradicciones internas que caracterizaron aquella época.
—Ah, ¿lo hemos hecho? Qué tranquilizador. ¿Y las hemos resuelto de forma que pueda garantizarse que esos niños vivirán vidas interesantes?
—Debo confesar que soy demasiado lento para seguirle.
—Dijo usted que los ingenieros en el departamento de Bespoke, el mejor, habían llevado vidas interesantes, en lugar de llegar por el camino directo y estrecho. Lo que implica una correlación, ¿no?
—Claramente.
—Eso implica, ¿no?, que en orden a educar una generación de niños que puedan alcanzar todo su potencial, debemos encontrar una forma de hacer que vivan vidas interesantes. Y la pregunta que tengo para usted, señor Hackworth, es: ¿cree que nuestras escuelas lo consiguen? ¿O son como las escuelas de las que se quejaba Wordsworth?
—Mi hija es demasiado joven para ir a la escuela... pero me temo que esa última situación es la predominante.
—Le aseguro que es así, señor Hackworth. Mis tres hijos se criaron en esas escuelas, y las conozco bien. Estoy decidido a que Elizabeth se eduque de forma diferente.
Hackworth sintió cómo se sonrojaba.
—Señor, debo recordarle que acabamos de conocernos... no me siento digno de las confidencias que me hace.
—No le cuento estas cosas como amigo, señor Hackworth, sino como profesional.
—Entonces debo recordarle que soy ingeniero, no psicólogo infantil.
—No lo he olvidado, señor Hackworth. Es de hecho un ingeniero, y uno muy bueno, en una compañía que todavía considero mía... aunque como Lord Accionista, ya no tengo conexiones formales. Y ahora que ha finalizado con éxito su parte de este proyecto, tengo la intención de ponerle a cargo de un nuevo proyecto para el que creo que está perfectamente cualificado.
Herramientas personales